EL AUTO
Un espacio compactado
por el metal
se reducía para amplificar
las sensaciones
de dos seres que inevitablemente
se acercaban.
Uno de esos seres
sentía el magnetismo
de los pensamientos y
la temperatura del espíritu
del otro ser
debilitar su hombro derecho.
Su corazón se volvía
cuerpo; lo sentía disuelto entre
sus venas y actuando
como neurotransmisor.
Sentía a sus pensamientos
palpitar.
Su cuello dolía,
pero las caricias de millones
de fibras que se enredaban
en su oreja
creaban el olvido de grandes
porciones de cuerpo;
lo reducían a mejilla, oreja, hombro y mano.
(La música intervino y en un movimiento
abrupto el otro ser decidió abandonar
el hombro y dibujar en el vidrio empañado
el símbolo del infinito).
El ser sintió la ausencia de las
sublimes sensaciones en su hombro
y decidió mirar el vidrio.
En ese momento el otro ser borró
el dibujo con un solo movimiento.
Al ver esta reacción,
él asumió que a ella
no le gustaban las
artimañas del universo.
