Abril, 4, 2008

EL AUTO

Un espacio compactado
por el metal
se reducía para amplificar
las sensaciones
de dos seres que inevitablemente
se acercaban.

Uno de esos seres
sentía el magnetismo
de los pensamientos y
la temperatura del espíritu
del otro ser
debilitar su hombro derecho.

Su corazón se volvía
cuerpo; lo sentía disuelto entre
sus venas y actuando
como neurotransmisor.
Sentía a sus pensamientos
palpitar.

Su cuello dolía,
pero las caricias de millones
de fibras que se enredaban
en su oreja
creaban el olvido de grandes
porciones de cuerpo;
lo reducían a mejilla, oreja, hombro y mano.

(La música intervino y en un movimiento
abrupto el otro ser decidió abandonar
el hombro y dibujar en el vidrio empañado
el símbolo del infinito).

El ser sintió la ausencia de las
sublimes sensaciones en su hombro
y decidió mirar el vidrio.
En ese momento el otro ser borró
el dibujo con un solo movimiento.

Al ver esta reacción,
él asumió que a ella
no le gustaban las
artimañas del universo.

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