Celebremos los pájaros escupidos por los árboles hacia los largos bigotes de los postes y leamos su música minimalista en la pausa de sus alas cerradas, o abiertas una tras otra a la lucha perdida contra una piquiña. Detengámonos y respiremos agitados, sin aparente coherencia corporal. Respiremos muy rápido a ritmos desesperados sin tregua nada importa respiremos dónde hay límites más rápido agitación peligro velocidad en reposo exceso mareo confusión paisaje nervioso más peligro ahogo inminente voz debilitada […] y sintamos la aceleración de las nubes mentales, su choque y espontáneo revoltijo. Ahora, contemplemos la acumulación de sí mismos y seamos el rayo cayendo a la velocidad del silencio sobre el tímpano del mundo.
Celebremos lo cotidiano, celebremos la grieta de luz abriendo un trazo de ruido en un silencio cotidiano. Celebremos la tormenta, el murmullo agresivo de las nubes, su levitación, la percusión del sudor arrojado por sus cuerpos cuerpos cuerpos cuerpos cuerpos eros cuerpos unidos al violento acto de erguir el color.
Celebremos la lluvia, la renuncia a los paraguas.
Refundámonos con las plantas
celebremos no estar secos, no estar escampando bajo la esquina saliente del caparazón de una casa enorme y de párpados cerrados. Celebremos la imposibilidad de encontrar un reflejo definido en la superficie de un charco atacado por mil gotas. Celebremos la negación a la seriedad, bailemos el intenso y gratificante olvido de la costumbre.
Celebremos
erradiquemos una vez y para siempre la tendencia a confundir la piel con el bostezo. Celebremos el definitivo hundimiento de la certeza. Reconciliémonos con la imaginación de lo absurdo. Juguemos a elevar la temperatura del pensamiento hasta evaporar el cuerpo más sólido de la realidad.
El atardecer de una mirada, la obturación involuntaria de los labios, el camino solitario de la memoria en los tejados de nadie. La caída de un cuerpo sobre el charco de la esquina más oscura de la piel [donde la noche teme pasar] El grito disminuido de una neurona atrapada bajo los escombros de un silencio de ocho pisos. La caída del pensamiento al hombre que camina desmayado de sí mismo. Alguien respirando el medio día de una sombra extraviada de su cuerpo. Susurro, vértigo . , , [ ]
sueño, jjklfuosañaf kñs lsiósp mjabnge. Gato de manos sobre la voluntad.
Ataque de músculos, ensayos desastrosos de equilibrio de palabras sobre flojas cuerdas vocales, ruido de un silencio de aplausos, fracaso en el malabarismo de los órganos. Sillas vacías. Corazón tragando fuego, deseos dando maniáticas vueltas en sus reducidas jaulas. Recuerdos maquillados intentado hacer reír al perro de la calle que sólo quiere dormir. Magos sacando conejos de la forma de sombrero del razonamiento. Bailes sensuales lamiendo el suelo de la carne. Lenguas de la cadera.
Una garra dormida.
Emociones fumándose a sí mismas. Humo delatando los gestos del aire.
Las colillas de lo no dicho marcando tíldes en la callé
En la esencia de las cosas, se percibe la conmoción, que no consiste en otra cosa que en la pérdida de la valorización. Traer del espíritu un mundo despedazado en fibras nerviosas que resulta extraño para el mundo a pesar de ser originario en el mismo, es lo que puede llegar al estado de arte.
Enfrentar a un receptor a la incapacidad de poseer la obra de arte por la fuerza bruta del enjuiciamiento de valor, es enfrentarlo a su [yo] y no a su [sí mismo] lo que provoca la voluptuosa debilidad de caer en el dominio de lo que no se puede dominar. Perder el lenguaje de lo bueno y lo malo y quedar expuesto sin ningún filtro moral ante la ráfaga de un espíritu hecho obra de arte, es lo que puede mover todo el mundo de una persona hacia lo más lejano, lo que en la ilusión de la materia resulta ser lo más cercano.
Dejar el espíritu de los sentidos
en todas las simas, las más hermosas
y regresar a las cloacas de los bien vestidos
para reventar cada uno de sus tímpanos
con la fiebre de un silencio
arriba de las nubes.
Salir de la rutina sin moverse del mismo sitio, dar vueltas en habitual dirección mientras la sensación gira en contrario y estira los nervios al extremo de la tensión; como una cuerda que resiste al máximo la fuerza de silencio que exige regresar como grito en las moléculas del aire. Resistir, sentir la resistencia, empezar a temblar, perder el control, sostener, romper los límites y hallar más cuerpo, más posibilidad de enredar los tentáculos de las neuronas, volver el cerebro un caos con sentido, un ovillo de lana que cae en la intensa excitación nocturna de un gato furtivo.
Jugar con los conceptos hasta hacerlos sudar ideas, luego, soltar la resistencia y danzar la velocidad de impulso artístico.
Regresar con vida de un espontáneo abismo de la memoria a la noche de la única estrella indirectamente visible en el cielo. Sentir el cuerpo, el epílogo de sensaciones que descompone las imágenes mentales de los sutiles viajes bajo la carne, a intensas fuerzas de presencia en lo real, que potencian, el mundo, en cada trazo de nervio perdido en la asombrosa acumulación arbórea de sí mismo.
Levitar mundos, cuerpos, palabras, en la subjetiva ley física del silencio; donde se inicia el juego a desaparecer la identidad en los sutiles gestos de la piel del corazón,
con el único y trascendental propósito, de olvidar que el tiempo te sigue arrastrando como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja como una hoja que cae de un árbol aún sin existencia.